Bien sabido por todos es que la cultura de la bicicleta pertenece a los países noreuropeos, por derecho propio. Sea por cuestiones geográficas (países planos), o por conciencia deportivo-ecológica, la realidad nos muestra un panorama de aparcamientos, reglamentación para ciclistas y carriles-bici cuando viajamos a Bélgica, por ejemplo, que nos deja con el gesto extrañado y una duda existencial: cuando allí funciona tan bien, ¿somos nosotros más adelantados o más atrasados, o más vagos o más cómodos si aquí la idea no cuaja? Ancianos, niños, estudiantes, ejecutivos, políticos... Nadie se resiste al encanto de convertir sus pasos en pedaladas, optimizando así el tiempo y disfrutando del viento resultante en la cara que ofrece generosamente este primitivo medio de transporte. Primitivo, pero que, no obstante, ha sabido consolidar su posición y perdurar. En Europa hay un Día Sin Coches en que ella, doña Bicicleta, es protagonista; las grandes ciudades como París están reestructurando su fisonomía para dar cabida a carriles adaptados y «alquiler exprés» en la zona centro; los eruditos y los bohemios ensalzan sur virtudes como el médico que anima a comer fruta para combatir las enfermedades coronarias... Pero España es España. Una vez más, desde tiempo inmemorial, ha preferido el olor a ajo y el sentido práctico (uno tan castizo y tradicional como obsoleto rallando lo ridículo) a reconocer que ese invento bárbaro sea más loable y digno de ser extendido al mundo que capotes y castañuelas. La cultura de la bicicleta gana adeptos sin proponérselo, es inocua, tierna y un atractivo turístico y seña de identidad tan fuerte en Holanda como sus quesos o sus zuecos de madera. Igualito que las corridas de toros. Que no nos sorprenda, aún hoy, nuestra imagen internacional. Mucho ojo con lo que exportamos.
Cuando hablo de España en esos términos, en tono socarrón, no escapo a mi propia crítica y me incluyo: yo no soy precisamente amiga de la «actividad física evitable», y si me pusieran un autobús y una bicicleta delante, arriesgaría mis dos tobillos por alcanzar el primero. Sin embargo, quedan lugares recónditos en que las bicicletas guardan el papel destacado que merecen, sin excepción: los pueblos de España. Un marco apartado del mundanal ruido, donde pareciera, a veces, que el tiempo se hubiera parado en los veranos de los años 60. Los alrededores cambian, las carreteras se mejoran, se abre un supermercado y hasta puede que un cibercafé, pero por sus calles y caminos, por las veredas de los ríos, las bicis siguen haciendo las delicias de los niños, invariablemente. Ya lo decía Fernando Fernán-Gómez, Las bicicletas son para el verano. Generación tras generación, las vacaciones de los muchachitos de ciudad giran en torno a las pandillas con las que se reúnen de uvas a peras en los pueblos de sus padres o abuelos, montados en sus bicicletas y, por lo general, con un tirachinas en el bolsillo. El día más recordado para muchos es aquel en que te quitaron los «ruedines» de atrás y te sentiste volar... Unos supieron apretar los frenos y otros frenamos con los dientes, pero la satisfacción personal no nos la robó ni el dolor.
¿Pero qué fue de aquella práctica de la infancia? Que allá se quedó, junto al vídeo de los 101 dalmatians (en inglés, por supuesto, aunque por aquel entonces yo todavía no entendiera ni una palabra; me gustaba imaginarme los diálogos). Sufro de ese gen recesivo que se manifiesta de forma aguda en la edad adulta: la nostalgia. De ese, y del de la oposición inconsciente a la actividad física. Y no voy a rendirme, y prometo luchar contra mí misma: Lola contra el determinismo biológico. Voy a remontarme a la visión de las abuelas pedaleando (pañuelo en la cabeza, la compra en la cesta), desde el asiento del tranvía a Korenmarkt (Gante), discutiendo con la porteña Fátima, dejándonos hipnotizar por el son de rueca de los radios... Vueltas y más vueltas. El radio viaja un trecho y pasa por el mismo punto. Y pasa por el mismo punto. Danzando y viendo las mismas caras de sus compañeritos los otros radios cada cierto rato. Y pasa por el mismo punto. Vueltas y más vueltas. Y a veces gana velocidad, la suficiente para soñar por momentos con una existencia mejor. Y las ansias de escapar se contagian a la correa, y a un piñón... Y no sólo el radio no logra escapar a su fatal destino de moverse en círculos por siempre jamás, sino que, además, se parte. Por eso las bicicletas han sabido «consolidar su posición y perdurar», porque aplastan las revueltas internas, imbuyen el conformismo a sus componentes por el bien común, para que los usuarios puedan disfrutar de una placentera y temporal ilusión de libertad, supeditada a su uso. (¿A eso no lo llaman droga?)
Prometo luchar contra mí misma y subirme a una bicicleta para que tanto esfuerzo no haya sido en vano —y liberar a esos componentes desde dentro—.
Prometo luchar contra mí misma, contra el conformismo, contra la nostalgia de los belgas, de los veranos, de los mundos mejores que no llegaron... Que sí. Como el radio —pero sin romperme—.
Porque, al fin y al cabo, a pie o en bicicleta, por tu patria o por tierra de nadie,
¿de qué sirve correr si vas en la dirección equivocada?