lunes, 8 de septiembre de 2014
Last Flowers to the Hospital
Su silla de ruedas plegada en la entrada. Su andador. Su bastón.
Su cepillo de dientes.
El carmín rosáceo, con la punta redondeada -y la marca de las grietas de sus labios-.
Su pequeño neceser. El lápiz marrón para las cejas.
Su vestido de lunares. Su bata de flores azul. Y su bata de guata salmón.
Su peluca, sus gafas de sol.
Sus diminutas zapatillas de andar por casa. Las rosas.
Su esmalte de uñas, coral, menos la última semana -no le ofrecí pintárselas-.
Sus pendientes de oro y coral. Tan lejos del lóbulo al que estuvieron pegados por décadas.
Ya no me cortaré el pelo (nunca más).
Ya no preparemos un pack especial (por la boda).
Ya no la veré cuando vuelva en septiembre.
Qué rica la tortilla, y anda que con unos pimientitos por encima... Se la hacía así a tu abuelo. Si no digo nada no le dais de cenar a la niña.
Las putas cápsulas de infusión digestiva.
La toalla de debajo de la almohada.
Sus jerseys de pico, el rosita y el celeste. Con broche.
El patético discurso en La Almudena.
Su nombre en el identificador de llamadas.
jueves, 2 de mayo de 2013
Poelaert
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Entonces (2006) |
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Hoy (2013) |
Cerrado el círculo, bien está lo que bien acaba. Fin de este blog.
sábado, 3 de marzo de 2012
The "C" word
Desde hace un año y medio intento canalizar la maraña de sensaciones que me producen los acontecimientos recientes, y cada vez que lo he intentado se me ha hecho un nudo en la punta del cursor. He sido incapaz. El resumen simplista sería sencillo: demasiado dolor, insoportable desesperanza.
La crisis no es algo de lo que puedas esconderte. Invade todos los rincones, tu ocio, tus conversaciones privadas, las marcas dentro de tu nevera. Todo está ahí para recordarte que mucho ha cambiado, y que está para quedarse. La primera vez que fui plenamente consciente de lo que permea en mi estado de ánimo fue el día de Reyes en 2012. Íbamos en el coche y buscábamos plaza de aparcamiento para la visita habitual a las Chicas de Oro. Me pesa el mundo, particularmente desde que tengo herramientas para analizarlo. El máster en RRII me ha reconectado con la realidad de que todo en esta vida es político: lo que haces y lo que dejas de hacer. Que lo que sucede no está en tus manos cambiarlo, y al mismo tiempo quedarte en casa de brazos cruzados es darles argumentos para llamarnos generación perdida. Fitzgerald se revuelve en su tumba.
Los banqueros, los corruptos, los políticos, ensucian el maltratado nombre de la patria mientras los ciudadanos miramos al televisor como si del Peliculón de Antena3 se tratara. Una ficción demasiado real. Me faltan dedos de la mano para abofetear a quienes no se levantaron con el 15-M y calientan la silla esperando a que las conquistas sociales se enraicen a la pared para que no nos las roben, una tras otra. Orwell y Huxley se dan la mano.
viernes, 10 de julio de 2009
Infancia
Un día de invierno a 15ºC. El sol brilla. Ni una sola nube en el cielo. De espaldas a los rayos de sol poniente que vagamente calienta, el azul intenso y el fresco sin frío, estimulante, agradable, me recuerda a las Semanas Santas en Santiago de la Ribera, pese a que debo reinventar solo con el sentido de la vista la suave fragancia de las arizónicas que rodean el jardín. Las de Noisy son inodoras e insípidas.
Me falta el perfume de los naranjos del patio, y pasar la mano por la hierbabuena que crecía junto a la verja negra; abrir la tapa dela llave de paso de la manguera, y sacar uno o dos caracoles y jugar a esconderles los cuernos, lo quieran o no. Ver a JC cazando hormigas con sus deditos minúsculos y llevárselas a la boca como si de un bocado de cinco tenedores se tratara. El olor del jazmín en una noche con pizza de La Cabaña en la tripa. Con la masa fina, fina.
Me falta tocar la arena caliente. El sonido de las olas en una tarde en Las Palmeras, después de saltar olas y tragar salitre a mansalva, y degustar un melocotón para compensar (previamente pelado y precortado por un progenitor, para hacer más comodo el trance) o unas patatitas de El Pilar de la Horadada. Bucear en busca de caballitos de mar es tan agotador.
Adoro los días descolocados, como el de hoy, que se han equivocado de estación. Las tormentas de verano en Tordelpalo con chaquetita de punto para saltar a la comba en el corral por la noche. Los despejados que dan tregua a las heladas y la sempiterna lluvia de febrero en franchuladia.
Al fin y al cabo, supongo que no sorprendo a nadie y sigo respondiendo al patrón del gusto por lo diferente. La empatía instantánea con la oveja negra, con el vanguardista incomprendido, con el amor que debió ser pero acabó en fracaso. The out-of-the-ordinary. Defensora de pleitos pobres. Repeler la mediocridad es la más dulce de mis manías compulsivas. Y en la misma arrogancia de la afirmación me confirmo mediocre.
Back to square one
¿No lo notas? He dado otro estirón emocional. Un paso más cerca de las más altas cotas de la miseria.
On me disait souvent: le passé nous pousse, mais j'étais convaincu que l'avenir me tirait.-
Jean-Paul Sartre
miércoles, 14 de enero de 2009
Badminton
Soy una frígida del deporte, totalmente incapaz de dejarme llevar y disfrutar. El deporte me hace ser consciente de los movimientos de mi cuerpo, de lo que bota, de los músculos que luchan por mover un esqueleto oxidado y una masa torpe. Cuando Jul me da indicaciones sobre cómo efectuar el golpe de muñeca (“the power is in your wrist”), puedo oír a mi padre darme indicaciones, en vano, en una cancha de tenis que siempre me pareció demasiado grande para mi tamaño, a los 8, los 9, o los 12 años. Siempre perfeccionista, no saber hacer algo bien a la primera conllevaba un derrumbe moral inmediato. Las comparaciones son odiosas (incluso dentro de la familia) y mi hermano era por aquel entonces, y sigue siendo hoy, el portador del gen de la excelencia en actividades físicas. Estas cosas pesan en el espíritu.
No en vano jamás me permití caer en el saco de los conformistas y, sin embargo, con el paso de los años, el miedo me invita con poca sutileza a apuntar bajo, aceptar cualquier trabajo de oficina, comer y callar. Me conozco y la ambición y expectativas alimentadas durante años no se diluyen en un salario medio y una felicidad fingida. Quizás el problema sea que todos me auspiciasen tanto éxito, una carrera demasiado brillante, condenándome sin saberlo a decepcionarme haga lo que haga... Debería correr a por los volantes que vuelan bajo, aunque me deje los riñones, y no dar por sentado que, muy probablemente, van directos al suelo y no vale la pena interponerse en la trayectoria. No sé el qué ni cómo pero si no lo intento la frustración me carcomerá por los siglos de los siglos. Sí, definitivamente debo. Mejor un fracaso rotundo a un signo de interrogación. “Sin esfuerzo no hay recompensa”. Cómo me he podido tragar el cuento tantas veces de que soy capaz de vivir al día, sin objetivos, sin estrés al límite, sin reconocimiento es para mí una incógnita. Dolores, por dios, un poco de coraje… Llevo el masoquismo impreso hasta en el nombre. ¿Quieres que abramos el champán, pedazo de vaga?
Por imbécil se me estampó un volante en el ojo. Sobreviviré y en mi convalecencia palparé cada centímetro de cráneo con el fin de encontrar el botón de “desconectar” para el próximo partido. El de "rebobinar" ya sabemos todos que no existe. Ahora es demasiado tarde.
Pulsar "desconectar" como el modo que activa la musiquilla de la Champions en los forofos del fútbol. Otro canto de sirena.