Con las rodillas doloridas tras
1200km en la carretera, me atrevo a asomarme, sola, a la ventana del recuerdo.
La Place Poelaert viene a ser la desembocadura de la Rue Royale, una travesía
lenta y agónica marcada por el traqueteo del tranvía 92 que vomita, al fondo a
la derecha, un mirador hacia las miserias humanas de la villa.
Pienso, mientras me cierro las
solapas del abrigo, que las grúas en el horizonte son horrendas. Bruselas
parece permanecer estancada en el tiempo y a la vez anclada en el eterno devenir;
todo cambia, pero todo permanece. María dice que las sempiternas grúas y obras
públicas son epítome de la construcción europea: siempre inabacaba. Ahí sigue
ella, a simple vista tan estática que cabrea. Me provoca el confort de una
estatua de cera o la salita de un taxidermista. La estanqueidad no es el estado
natural de las cosas.
El Atomium centellea al atardecer
hacia el norte; Simonis aguanta como puede esa basílica de Koekelberg que es
más fea que mear de pie. Al otro lado, unos bloques de HLM (viviendas sociales)
ponen la guinda de decadencia al horizonte. Polaert pidió expresamente culminar
su Palacio de Justicia con una pirámide, no con una cúpula, y mira el caso que
le hicieron. Joder, yo es que aquí he vivido mucho.
Querido diario: hoy he roto un
par de cuellos. A lo lejos, una manada de individuos con sudaderas y faldones
largos se convierte en un grupo de franciscanos con togas ondeantes al viento.
Apoyada contra la balaustrada, una chica lanza al aire una moneda una y otra
vez, con la mirada perdida, como si hubiera olvidado a qué apostó cuando se confió
al azar. Yo resoplo antes de asir el manillar con firmeza y reconducir el
aciago que me remueve las entrañas.
Nadie se detiene en el mirador más
de tres minutos. La bicicleta sigue sin estar aparcada donde debería.
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Entonces (2006) |
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Hoy (2013) |
Cerrado el círculo, bien está lo que bien acaba. Fin de este blog.